Dice mi amiga Estrella que “la mujer de Feria y los hombres de dónde quieran”. Dicho popular que expresa el valor que el pueblo le da a sus raíces.

Feria, corita.

La mujer corita siempre parirá coritos que es como se llaman los nativos Feria. Gentilicio, dicen, que tiene su origen en los primeros pobladores tras la reconquista de los cristianos contra el asedio árabe. Pobladores de origen vasco, estableciéndose entonces la sede del Señorío de los Suárez de Figueroa hasta llegar al Ducado de Feria.

Feria, sus raíces.

Pero la historia de este hermoso pueblo blanco se remonta al Calcolítico, con reliquias como el Dolmen de la Casa del Monje. Más tarde debido a su privilegiada situación defensiva se establecieron allí, Celtas, Romanos y Árabes. Después la braveza cristiana acabó por recuperar un lugar que hoy nos ofrece el retrato de un mundo rural de calles en cuestas, recuerdos imborrables con sabor a buen vino, las fiestas de La Santa Cruz o la Candelaria, la Iglesia de San Bartolomé.

Feria, un castillo, un manantial.

Preciosos manantiales por todos sus rincones nos lleva allí arriba, orgulloso y altivo… el Castillo. El cual siempre vemos desde lejos cuando vamos llegando a Badajoz. Si vuelves a verlo desde la carretera, al menos una vez, tienes que subir y admirar su manantial de aguas perpetuas y desde allí contemplar la radiografía de un pueblo que ya nació encumbrado.