Badajoz y Río Guadiana, Árabe?

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Piedras sobre piedras en Badajoz

Cuando los soles de la tristeza calientan los atardeceres de mi vejez, el alma se me empapa de nostalgias, del tiempo y la vida que con él se fue. Los irrepetibles instantes que jalonaron mi niñez junto a las piedras de mi vieja y querida muralla. Fue entonces, correteando por las terrosas calles de mi vetusto Badajoz, cuando fui feliz. Los recuerdos me asaltan en bandadas y me llevan al Revellín de San Roque, me transportan desde el fuerte de San Cristóbal al de Pardaleras o a la Picuriña.

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Mas de 6 km de Muralla

Una muralla sirve para proteger, para guardar lo que está dentro y protegerse de lo que se queda fuera. En nuestro caso la muralla guarda y defiende los recuerdos de los que aquí fuimos. Mientras nuestros recuerdos perduren, ellos vivirán, de algún modo, entre nosotros. Alcemos una muralla juntando todas las manos…vaya desde el pasado al presente, desde el presente al futuro para preservar lo que fuimos, lo mejor de nosotros y de nuestras tradiciones. Hoy, mientras paseaba, un monstruo mecánico derribaba un edificio, ya caduco. Dejaba ver un nuevo tramo de nuestra extraordinaria muralla, la cual no tiene parangón en toda España.

Mi Ciudad

Las ciclópeas piedras son el espejo que me devuelve todos esos melancólicos recuerdos. En ellos me encuentro y encuentro a todos los míos. De un bar cercano llegan las estrofas almibaradas de nostalgia de una canción vieja y lenta, que infunde la tristeza propia de las piedras comidas por los hierbajos. Palabras húmedas que lloran desde una garganta que aterciopela el alma. Ahora recuerdo las añejas fotos que veo, cada vez con más frecuencia, en la farmacia que está próxima a mi casa. Evocan imágenes cotidianas del Badajoz de hace casi un siglo. Y escucho los ecos de las voces de aquel mundo, que siempre será mío, que es mi verdadera patria. Pájaros de cristal revolotean humedeciendo mis ojos cansados.

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Taifa de Batalyaws

En busca del tiempo perdido recorro con la imaginación baluartes, puertas, fosos, pozos de escucha, plazas de armas, túneles, galerías de fusileros…Y en el corazón del recinto amurallado se alza, soberbia y vigilante, nuestra alcazaba. Al kasbah, la ciudadela. La más grande de Europa, la más extensa del mundo en aquella época, abrazada por el Rivillas y el flumen anas o wadi anas, nuestro Guadiana. Mi alcazaba, tú alcazaba, vigía natural que otea los horizontes, siempre demasiado lejanos. Los almohades, aquellos fanáticos religiosos que vinieron desde las estribaciones del Atlas. Consolidaron las fortificaciones de la colina y gobernaron desde ella la taifa de Batalyaws. Otros reyes cristianos, antes y después, también construyeron y soñaron desde este Cerro de la Muela. Las guerras y los siglos gastaron sus piedras, sembradas de inscripciones y grabados. Reflejo del orgullo de los humanos, que banalmente quisieron compartir el ansia de eternidad que la construcción refleja.

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La Alcazaba más grande de Europa

Ahora, que ya sé que nunca más subiré hasta allí, la nostalgia me ahoga y sueño contemplando Badajoz desde el adarve de la muralla. Sus calles, sus paisajes y sus gentes vuelven hacia mí. Cierro los ojos, abro el alma y aprendo a volar desde esta atalaya, símbolo de días felices que siempre quedarán ahí. Es en esta mágica colina donde los aftásidas construyeron mezquitas, su alcázar, viviendas, donde los cristianos edificaron hospitales, palacios e iglesias. Hoy encuentran cobijo instituciones culturales y educativas y donde mañana seguirá palpitando el corazón de la ciudad que está a sus pies. Mientras la alcazaba esté, Badajoz será. Para acceder a este corazón, palpitante en piedra, tenemos, entre puertas y portillos, nueve accesos. Una puerta es una abertura que nos permite entrar y salir.

Puertas abiertas en mi ciudad

Es una posibilidad que se nos ofrece. Atravesar una puerta es transitar hacia otro lugar, hacia otra vida. Es donde lo conocido pasa a ser desconocido. Símbolo del tránsito. Es una invitación al viaje, a la aventura probable, al misterio. Cruzas el umbral y en el interior del recinto, de alguna manera, te espera lo conocido, y al mismo tiempo lo sagrado. Si lo atraviesas hacia el exterior, extramuros, queda lo profano, el misterio, la vida salvaje.

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La puerta del Capitel, su nombre se debe al capitel empotrado en la rosca del arco de herradura. La del Alpendiz, nos han llegado tal cual las idearon los almohades. Puerta de Yelves, antiguo nombre de la ciudad hermana de Elvas hacia la que se orienta, de época atfasí y con elementos visigodos. Entrar por la Puerta de Carros, del siglo XVII, y que sirvió para que estos vehículos pudiesen acceder al recinto. Puerta de la Coracha, injustamente llamada de la Traición, ya que el aborrecible acto al que alude tuvo lugar en otro punto de la ciudad. Portillo de la Torre de las Siete Ventanas, portillo de la Torre Vieja, y los dos portillos anexos a la puerta del Alpendiz. Sistema de accesos a esta “acrópolis” nuestra en la que se mezclan restos de las culturas que nos hicieron ser lo que somos. Romanos, visigodos, musulmanes, cristianos de reconquista, todos contribuyeron con sudor, sangre e innumerables lágrimas para forjar un sueño que hoy no es regalado día a día cuando miramos hacia arriba.

   El sonido de las campanas de un torreón

Entra y reposa tu cansancio contemplando e imaginando este mundo que ya fue. Sal y explora las maravillas posibles que hay tras cada recodo, tras cada meandro, tras cada colina ¡Atraviesa las puertas y vive!. Como faro mágico que acompaña a la Alcazaba y a la muralla se encuentra una torre que, para nosotros, es especial, distinta, única. Es la Torre de Espantaperros. El califa Yusuf la soñó con su planta octogonal hace ya casi 850 años. Torre albarrana, la de fuera, exenta de la muralla, prima de la Malmuerta y de la del Oro. Atalaya de observación, baluarte para el hostigamiento. Aquí se solventaron oscuras discordias, que salpicaron sus piedras con el ácido perfume de la traición. Tropas “liberadoras” que dirimían en nuestras murallas sus querellas europeas, masacrando y expoliándolo todo a su paso. Testigo directo de los cuatro sitios de Badajoz, consecuencia de las guerras napoleónicas.

   Voy camino de Badajoz

Hoy es observador silente del pausado devenir en la Plaza Alta. Torso de piedra que parece palpitar en el atardecer del estío. Ayer vigiló los amores paganos que se tejieron entre las sombras de los jardines de la Galera. Hoy es el centinela que nos redime de nuestro pasado y alumbra lo que está por llegar. Aquel sonido de la campana que espantaba a los perros se tornó hoy en serena contemplación. Cuando la diviso en la lejanía del horizonte mi sangre plebeya se acelera porque ya sé que he llegado. Como dice la canción, “…donde el tiempo pasa cadencioso y sin pensar y el dolor es fugaz…”
Camino de Badajoz, “…¿tú hacia dónde vas?. Allí me encuentro en la gloria, que no sentí jamás…” Si no puedes quedarte, si escribes una página más en tu memorial de ausencias, entonces, y solo entonces, cuando divises la torre, “no la mires, sobreponte y sigue el caminar”.

   Todas estas piedras, las de la torre, las de la alcazaba, las de la muralla, incluso las que no están, puesto que se abrieron puertas. Todas ellas son el fetiche, que como la magdalena de Proust, me devuelven al tiempo de mi niñez. En ellas percibo el viejo, sabido e indeleble perfume de mi ciudad.